La Nota VIP

“Durante un tiempo en que todos, sin excepción, estamos aprendiendo a navegar la incertidumbre, la empatía es el bálsamo más efectivo para enfrentar cambios inesperados, sean drásticos o menores”. (A. Quiroga)

¿En qué ha modificado nuestro comportamiento la nueva normalidad que enfrentamos en estos momentos aciagos de la sociedad? Estamos frente a una nueva forma de entender la necesidad que tiene el hombre de justificar de alguna manera el cómo ve y observa los fenómenos naturales y sociales, que han generado un desmedro desde la calidad de vida, hasta el sinsabor de seguir viviendo.

Un cambio que no toleramos en razón a las ideas fincadas desde la niñez, maduradas a través del tiempo y sus experiencias, hacia un futuro en donde se cambia de opinión como de pensamiento; buscando en donde arrimarnos como a la sombra del mejor árbol, o aprovechando toda circunstancia para manejar la situación de otros, de apoyar o no sus criticas o ayudando a que algunos recuerden quiénes eran y lo que son ahora, pues antes andaban a pie, después en bicicleta y terminando viajando en aviones suyos o alquilados, una vida en la que gana el ego y pierde la humildad, hasta allá hemos llegado y eso es un cambio fundamental en los valores intrínsecos del ser humano.

Crecimiento y oportunidad, tolerancia al cambio, ideas reconstruidas frente a la sociedad, pero sin cambio de opinión. Esta juega un papel importante dentro de la identidad individual y comunitaria, permite la seguridad de lo conocido, pero con una interpretación del mundo conforme a un “nosotros y ellos”. (S. García) Nos encontramos en confinamiento espiritual y social, pues la especie humana vive en momentos de novedad, es decir, consecuencias de experiencias vividas y no vividas, en una historia de la humanidad que se parece a otra de hace muchos tiempos, antes también existieron pestes y cuarentenas, pandemias y sus consecuencias, vivos y muertos, ciudades y países arrasados por esa escalada insensible de sus habitantes.

¿A cuál sinfonía nos enfrentamos?, a aprendizajes necesarios, aceptaciones rápidas y concertadas o a seguir diezmando la historia, negando el escuchar la nueva música que se ofrece bien a corto plazo o también al largo plazo,  o incrementando la mano de obra intelectual para entender que la pandemia era un mal necesario, algo que hiciera motivar al hombre a salir y sobrevivir, a evitar el anquilosamiento cultural para ofrecer esa sinfonía que requiere el individuo para doblegar a la naturaleza y sus males.

Algunos dirán que la sociedad nos está llevando al mundo rural, allá donde no hay acoso ni multitudes, de soportar afugias y buscar la tranquilidad, a construir huertos y labrar la tierra, propiciando ello una migración cultural; ya no se soporta lo que somos o lo que tenemos, dejamos de vivir con lo mucho para hacerlo con lo poco, explicar que el encierro maduró la conciencia para enriquecer el cambio como herramienta de perfección, surgir de la crisis e incertidumbre, reciclar y rediseñar esa inercia ideológica que obnubila la conciencia social de las que nos olvidamos cuando no nos afecta el fenómeno que destruye el mundo al que estamos acostumbrados.

Otros explicarán que esa tragedia mejoró la productividad y sumó avances en lo tecnológico y en desarrollo industrial, pero cuál sería la reflexión a elaborar frente la inseguridad social, desde la salud hasta lo económico, desde lo político hasta lo democrático, o situarnos desde un pensamiento amplio para tejer esa realidad y acabar con el negacionismo y redimir esa ceguera de confabulación para reconocer que esa nueva normalidad, que ha afectado nuestros hábitos, la afectividad y las relaciones interpersonales debe superar las expectativas.

¿Termino diciendo cuánto vale el pasado, y cuándo puedo volver a mi vida normal?

Diego Mario Zuluaga

Lic. Filosofia y Letras. USTA y Facilitador del Infecoop

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